Desafíos globales para una Argentina que se anuncia

Por Juan Archibaldo Lanús 10 de febrero de 2010

Nuestro país fue un ambicioso proyecto de ser y hacer que convocó a una multitud para compartir el destino de una promesa. Antes de finalizar el siglo XIX, éramos el anuncio de una gran potencia, un lugar privilegiado por la geografía y por la energía vital de un pueblo emprendedor y culto, ávido de modernidad, que tenía la convicción de haber iniciado una ascendente marcha que colocaría a la Argentina, por su importancia política, económica y cultural, entre los primeros lugares de las naciones del mundo. “Los Estados Unidos del Sur”, como pronosticó el presidente Theodore Roosevelt a Carlos Pellegrini (*).

José Ortega y Gasset decía en 1929 que el pueblo argentino “exige de sí mismo un futuro soberbio: no le sabría una historia sin triunfo”. Pero fue el gran economista Colin Clark, autor del libro The Conditions of Economic Progress, quien anunció que la Argentina gozaría en 1960 de un nivel de vida que solo sería superado por los EEUU. Este economista creía que en la década del veinte ocupábamos el sexto lugar, detrás de EEUU, Canadá, Nueva Zelanda, Gran Bretaña y Suiza. Un siglo después de la consagración de la libertad en Mayo de 1810, la Argentina ya había pasado de ser un territorio desconocido, 1 pobre y lejano a transformarse en una promesa cumplida que se erigía frente al mundo como una tierra de promisión, como el granero del mundo. Una Argentina universal, saludada por Rubén Darío en un poema como “hogar de todos los humanos”.

Fue la epopeya de un pueblo que con heroísmo combatió por su independencia al mando del general San Martín, y resistió en los desfiladeros del norte para no ser disgregado, gracias a la resistencia de Martín Güemes y sus gauchos. La tarea no fue fácil, pues necesitó superar las sangrientas guerras civiles, integrar las tierras incorporando millones de hectáreas fértiles a la aventura productiva, hacer realidad al apotegma de Juan Bautista Alberdi “gobernar es poblar”, en fin, abrir las puertas al capital extranjero y hacer de la educación la gran palanca para construir la grandeza cultural de la nación y de la dignidad de los argentinos.

(*) Quinta de las cartas norteamericanas de C. Pellegrini , 29 de diciembre de 1904.

Antes de la Primera Guerra Mundial, el ingreso medio de un argentino equivalía al 75% del de un inglés, ascendiendo en 1927 al 80%. Respecto de los Estados Unidos, que era la principal potencia económica, el ingreso por habitante de un argentino en 1913 era el 70% del de un norteamericano. En 1914 estábamos por delante de los EEUU en kilómetros de vías de ferrocarril por habitante. Estos datos y otros, sobre educación, financiamiento de las ciencias, actividad del puerto de Buenos Aires, participación en el comercio mundial, todo parecía acompañarnos en el Centenario, como si el pueblo argentino hubiera encontrado su lugar en la historia. Las fiestas del Centenario fueron una exaltación patriótica. Cual apoteosis, ello se reflejaba en los diarios: “Que la gloria siempre sea contigo”, decía La Nación el 25 de Mayo. La Prensa, luego de describir las virtudes del país, afirmó con confianza: “¿Cómo puede fracasar un país dotado de tal suerte?”. El Time de Londres, el año anterior, había elogiado a la Argentina por ser “uno de los sucesos asombrosos de los últimos tiempos”.

Pero algo había en nosotros, en nuestra conducta, en el defectuoso funcionamiento de las instituciones, alguna falla para que aquel grito 2 desesperado de Discépolo en Cambalache acusara a la sociedad argentina: “Ignorante, sabio o chorro, generoso, estafador... ¡Todo es igual!...”

A pesar de las buenas intenciones de muchos patriotas y emprendedores, la Argentina se fue resquebrajando; perdido el ideal que convocara a los pioneros, fue perdiendo altura en el concierto de las naciones. A partir de la década del sesenta, la Argentina perdió posiciones aceleradamente. Fue superada por España, Corea y países asiáticos cuya población, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, estaba en la miseria. En 1950 fuimos la primera economía de América Latina (30% del PB regional), en 1960 la segunda y en 1980 nos ubicamos después de Brasil y México. Entre 1980 y 2005 la Argentina descendió ocho posiciones en el rango mundial.

La nación Argentina no ha abandonado los ideales de prosperidad, justicia y espíritu democrático que inspiraron nuestra cultura fundacional. Más aún, somos portadores del mito del nuevo mundo que acompañó el imaginario con el que los pueblos americanos ingresaron en la historia universal. Estados Unidos, Brasil, potencias mundiales. Argentina…

El siglo XXI nos enfrenta a un nuevo tiempo. El fin de un mundo bipolar y un proceso de globalización, impulsado por actores privados y por una revolución en la tecnología de la comunicación y el transporte; una era del conocimiento donde lo decisivo es la “inteligencia organizada” y no los recursos físicos; en fin, un mundo en el que las sociedades se conectan a todos los niveles, mientras el paradigma del “borde”, que nos rigió desde el Imperio Romano, desaparece con la porosidad de las fronteras (no hay mas dentro y fuera).

Vivimos una paradoja: los Estados tienen menos imperio pero más responsabilidades. El tiempo le ganó al espacio y el peso de la geografía fue volatilizado por la comunicación.

El acceso es vital; el aislamiento, fatal. Vivimos un mundo global por primera vez en la historia. Una marca de auto francés tiene partes construidas en 40 países. Las normas y estándares se universalizan.

La Argentina debe asumir los nuevos desafíos de un universo que poco tiene que ver con el de los años cincuenta.

Nuestro país tiene enormes retos internos para superar la situación actual de discordia política, desintegración social y declive económico. Existen claros desafíos que se vinculan a nuestra participación en el sistema mundial, que a su vez condicionan los resultados o logros nacionales. Hay inconmensurables oportunidades que aprovechar. Puede ser que esta sea la hora para un país como la Argentina. La necedad de nuestros dirigentes condena al pueblo a desaprovechar oportunidades y nos priva de la posibilidad de celebrar el triunfo que el mundo, estoy convencido, anuncia para nosotros. Debemos actuar a partir de una nueva visión estratégica: comprender el mundo nuevo, osar emprender, adaptarnos.

Es pertinente señalar algunas propuestas ineludibles para acelerar el ascenso hacia mejores condiciones de vida en este contexto mundial.

  • Mejorar la calidad institucional. La medición del funcionamiento de las instituciones es el primer eslabón de la calificación internacional que se hace de la Argentina. El respeto por las leyes y los contratos son dos condiciones imprescindibles para estar en sintonía con el mundo global.
  • Proveer al Estado de suficientes medios de defensa y seguridad. Ello es necesario para garantizar el control del territorio y los océanos adyacentes, para luchar contra los tráficos ilegales y la depredación de recursos, y suprimir las amenazas.
  • Garantizar la veracidad informativa y asegurar la “Fides Publica”. Los países se evalúan como las empresas, por sociedades especializadas. La transparencia reduce el riesgo, abarata los costos financieros e incentiva la confianza.
  • Las políticas públicas deben ser compromisos de largo plazo. Los cambios permanentes disminuyen los resultados en cualquier dominio.
  • La formulación de las grandes políticas sectoriales debe apoyarse en los amplios consensos políticos.
  • Mejorar la calidad educativa significa mejorar el más decisivo y abundante recurso con que cuenta el país para desarrollar sus capacidades: el ser humano. La meta educativa debe maximizar los recursos humanos, financieros y organizacionales puestos a disposición de la educación popular, así como ambicionar los más altos cánones de excelencia.
  • Hay que tender a bajar la intensidad de los conflictos internos, tanto sociales como políticos, con el objeto de crear un espacio interior de paz y seguridad.
  • El Estado debe ser profesional y no un botín de la política. El personal del Estado debe seleccionarse por mérito, a fin de dar continuidad a las prestaciones públicas con eficiencia, sin que estén influidas por coyunturas electorales.
  • La erradicación de la corrupción es un requisito para mejorar la dinámica de la inversión y los flujos financieros, elevar el prestigio del país y hacer más confiables a las autoridades políticas.
  • La gestión de las relaciones exteriores del país debe responder a criterios de largo plazo, concebirse en función de los intereses permanentes de la República, respetando los compromisos internacionales asumidos, mejorando de este modo el capital de confianza y credibilidad.

Aumentaremos el protagonismo con inteligencia, capacidad de gestión y credibilidad. A estas diez proposiciones podrían agregarse otras, que omito por razones de espacio.

La Argentina ocupa el octavo lugar en el mundo por su extensión territorial. Todos los países que nos preceden son grandes potencias políticas, militares o económicas. Sin duda queda por resolver un gran desafío nacional, la “clave de bóveda”, el nudo gordiano al que se refería Joaquín V. González en su libro El Juicio del Siglo: la discordia interior. Es imperativo, pues, convocar al pueblo argentino para que asumamos colectivamente la responsabilidad de reencauzar nuestra maltrecha República hacia un horizonte de concordia, desarrollo y justicia social que nos devuelva la confianza para que, en esta generación, podamos realizar la Argentina que soñamos ser. Solo podremos conseguir el bien común si deponemos los sectarismos, odios y resentimientos que por décadas han impedido el encuentro de los argentinos. Ha llegado el tiempo de emprender con inteligencia la tarea de construir el presente, aprovechando las oportunidades que nos ofrece el mundo, dejando atrás la queja y la culpa que han malogrado los resultados de nuestro esfuerzo.

El pueblo argentino lleva en su corazón una promesa incumplida. Éramos un presagio de plenitud, un ideal de libertad y prosperidad, que una historia de equívocos, desencuentros y errores políticos ha postergado.

Revaloremos la confianza en el destino de nuestra nación para volver a ser; empecemos por asumir y hacer. Porque el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que seamos capaces de emprender ahora. Juan Archibaldo Lanús Buenos Aires, 12 de febrero de 2010

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