Aquel Apogeo (Segunda Edición)

La diplomacia argentina en perspectiva histórica y cultural: interpretación y defensa de los intereses de la Patria a comienzos del siglo XX.

Por: Mariana Colotta – Fabian Lavallén Ranea – Miguel Ángel Barrios.

PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

La tradición literaria argentina permite aseverar que pocos pueblos demuestran una inclinación tan marcada a reflexionar sobre sí mismos. Archibaldo Lanús.

Pero aquellos, sus trinos más hermosos, que entonaban a nuestro despertar, aquellos que adoraban mis oídos, esos no volverán. Canción inmortalizada por Carlos Gardel. (Letra de Carlos Camba)

 
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Juan Archibaldo Lanús es un pensador muy singular. Para presentarlo formalmente, debemos decir que el Dr. Archibaldo Lanús es un distinguido diplomático de carrera. Su formación de grado es la abogacía, egresando de la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente se doctora en la Sorbonne, Universidad de Paris I. Ingresando por concurso a la Cancillería, sus primeros pasos en la diplomacia argentina los transita como secretario de la embajada argentina en París, participando en delegaciones ante las Naciones Unidas (ONU), la Organización de los Estados Americanos (OEA), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el GATT, para luego convertirse en ministro consejero de la delegación ante la UNESCO, y Presidente del Comité Ejecutivo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados. Sus últimos cargos fueron los de vicecanciller, embajador ante los organismos de las Naciones Unidas en Ginebra, y embajador en Francia, donde se destacó por su labor cultural y diplomática como pocos diplomáticos argentinos en las últimas décadas.

El Dr. Juan Archibaldo Lanús encuadra perfectamente en la tipología del intelectual diplomático; vasta es su producción literaria, y sumamente valiosa por el aporte significativo que brinda a la historiografía diplomática y también cultural. Entre sus obras se destacan La integración Económica en América Latina Su teoría (Editorial Juárez, 1972); El orden Internacional y la doctrina del poder (Editorial Depalma, 1978); De Chapultepec al Beagle. Política exterior argentina 1945-1980 (Ed. EMECÉ, 1984); La Causa Argentina (Ed. EMCÉ, 1988); Un Mundo sin Orillas. Nación, Estado y Globalización (Ed. EMECÉ, 1996) y La Argentina Inconclusa (Ed. El Ateneo, 2011). Además de atribuírsele a su autoría más de 200 publicaciones en diarios y revistas nacionales y extranjeras.

Merecidamente, el autor ha recibido notables distinciones, como la Orden del Mérito de Francia; la Gran Cruz de la Orden del Ejército Argentino; la Orden Ecuestre Militar Caballero Granadero de los Andes en el grado de Oficial, entre otros, que son corolario de su distinción como diplomático argentino.

Sus opiniones sobre diversos temas del quehacer cultural y político de nuestro país han sido difundidas por periódicos y revistas, así como también en entrevistas en los medios nacionales e internacionales. Un elemento notable a destacar, es que a pesar de dedicarse a investigar sobre los procesos de “esplendor” del mundo diplomático -como el libro que nos ocupa- y de ser un analista crítico del orbe dirigencial y cultural, no cae en el lugar común del pesimismo destructivo, todo lo contrario.

Quienes hemos tenido el honor y el placer de frecuentarlo, en charlas informales, en desayunos o almuerzos, notamos enseguida su convicción sobre la inteligencia y capacidades de nuestra sociedad, con la cual repetimos, es muy crítico, sobre todo con la clase política, pero sin embargo retiene una estimulante confianza sobre las potencialidades que la misma encierra, hinchando su pecho de orgullo cuando habla de las innovaciones, de las expresiones populares, hasta de los saberes intuitivos del interior, las realizaciones de nuestra cultura y la dignidad de nuestra gente.

Defensor de la inclusión social, promotor de la igualdad y la estabilidad jurídica, toda su vida diplomática estuvo marcada por atraer inversiones hacia nuestro país, estimular la iniciativa privada, promover los negocios, las fuentes de crecimiento y prosperidad social, potenciar la gestión internacional de la Argentina, como así también su actividad creativa y cultural como motor de ascenso social, difundiendo la transparencia, la ética y la profesionalización del cuerpo diplomático y de todo el entramado político.

Pero Archibaldo no es un hombre que se pretenda ubicar “por afuera” del orden político, mirando de manera romántica y apastelada el mundillo del Ágora, sino que es un notable personaje de nuestra cultura que estimuló debates, nutrió de reflexiones y diversas miradas el análisis de la política internacional, con un fuerte compromiso personal, y una pro-actividad asombrosa. Incluso en la opinión de los referentes de la cultura donde fue asignado como Embajador, particularmente de Francia, recibió un apoyo y un respaldo pocas veces vista para un diplomático argentino, como puede constatarse cuando llega a su fin la misión diplomática que lo había destinado en Paris.

En aquel momento, a finales del año 2005, grandes figuras intelectuales, del campo artístico y científico, testimoniaron públicamente un gran reconocimiento a la labor cooperativa de Archibaldo, y sobre todo, destacaron el largo desempeño que tuvo para “construir un vínculo de confianza”, consolidando a la Embajada argentina en el país galo, como un foco de reunión “abierto a todas las sensibilidades políticas, culturales y científicas”, con innumerables presentaciones, actos, conferencias, exposiciones, reuniones, que lo consagraron como auténtico representante del estado nacional.

Quienes lo conocemos a Archibaldo, sabemos que sin dudas una de sus grandes peculiaridades es saber empatizar con grupos, intereses, personas, de distintas edades y formaciones. En una entrevista publicada hace casi una década, dejó en claro que la tarea principal de la diplomacia es “hacer amigos”, y él, es un hombre que los hace, y como nadie. En otra entrevista años más tarde -evidenciando la coherencia y el eje articulador que constituye este tema en su pensamiento- observa que uno de los verdaderos males que impide solucionar los problemas de nuestro país es la “discordia”, por eso la política para él debe “conciliar” al pueblo argentino “en un proyecto nacional común”, asumiendo que el gobernante tiene más obligaciones que derechos.

Con este ímpetu, y con esas miras, Archibaldo logra reunir personas que difícilmente sin la intersección cultural y social de él se hubieran reunido, creando grupos, de una heterogeneidad y unos matices riquísimos, donde la discusión, el intercambio y el respeto se transfieren permanentemente. En ello residen también sus libros, en la heterogeneidad de miradas, de datos, de destellos, de muestras. Son libros sobre política internacional, pero también sobre nuestra cultura, sobre nuestra idiosincrasia (aspecto sobre el que vuelve permanentemente), nuestro sistema político, nuestra historia, sobre nosotros como comunidad, sobre el “nosotros”.

El libro que hoy nos ocupa no escapa a estas consideraciones. Es un enorme trabajo de investigación sobre la política internacional argentina, pero también sobre nuestra sociedad, sobre nuestro entramado institucional y los paradigmas que imperaron al interior del mismo. En un compacto pero frondoso libro de diez capítulos y setenta subcapítulos, el diplomático y escritor argentino detalla -por momentos con una proximidad sobre los hechos realmente atrapante y casi novelesca- la historia de la política exterior de la Argentina a lo largo de los gobiernos que transitaron nuestro país desde el esplendor del Centenario hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1910-1939), sin dejar de lado los acontecimientos domésticos que contextualizan nuestra visión y relación con el orbe mundial. Al decir que posee por momentos una narrativa “casi novelesca”, no es en razón de quitarle peso historiográfico a su relato, todo lo contrario, ya que una de las características de esta extraordinaria obra, es el hecho de adentrarnos en aconteceres políticos sumamente complejos, de una manera dócil y estimulante, elegante y clara (literalmente hay pasajes donde sentimos ser parte de una mesa de negociación), sin perder el rigor documental, la mirada analítica, la perspectiva académica, sostenida por innumerables fuentes de información y documentación primaria de numerosos archivos, oficiales y privados, los cuales Archibaldo maneja con holgura, destreza y exhaustividad.

El autor da cuenta también sobre cada uno de los temas, de una indagación sobre la prensa nacional e internacional, tesis, investigaciones privadas, archivos oficiales, memorias y contactos epistolares, siempre decorados por anecdotarios, impresiones estéticas, reflexiones filosóficas, encuadres analíticos, contextualizaciones profundas e incluso destellos de buen humor y hasta de cierta ironía. Pero repetimos, sin perder el rigor y el objetivo primordial de reconstruir la verdad histórica.

Este excepcional trabajo, que ya es reconocido como un clásico de la literatura política argentina -como lo estableciera el respetado y querido diplomático argentino Hipólito Paz- comienza con “La nueva centuria”, cuando la Argentina era “el futuro”, donde la vocación de progreso se patentaba en la profesionalización de los cuadros diplomáticos, y cuando nuestro país vivió una de las transformaciones más profundas de la historia, transitando “del malón al subterráneo”, alterando la fisonomía social, cultural, económica y por supuesto política de toda la realidad austral suramericana.

Archibaldo incluso establece el paralelismo de la realidad argentina de aquel entonces, con lo que implicaba la metáfora del sueño americano, donde aparecía una “tierra de promisión” también desde el sur, donde las artes, las ciencias, la literatura, acompañaban ese sentido de desarrollo y búsqueda de progreso. En el plano estrictamente diplomático, el autor analiza en ese contexto la interacción de esa Argentina promisoria con las grandes potencias, vinculación que tendrá una continuidad a lo largo de la vida política de nuestro país, transformándose en una constante interesante y clarificadora de la representación del mundo que nuestra sociedad poseía, y así también, la auto-representación de nuestro lugar en el mismo.

La Argentina pasó en aquellos años de administrar “temas asilados”, con una estructura deficiente y rudimentaria, a gestionar unas relaciones internacionales complejas, profesionalizadas, con misiones diplomáticas permanentes, reconocimientos multilaterales, discusiones sobre soberanía en materia de recursos hídricos, litigios fronterizos, acuerdos internacionales. En suma, la Argentina centenaria logra gestar una diplomacia orgánica, con directivas, prioridades, proyección, estabilidad, en un incuestionable contexto internacional favorable, en un mundo abierto y de “convergencia”, como nos dice Archibaldo.

Esa Argentina que organiza su cuerpo diplomático con parámetros modernos, es la Argentina de la “euforia”, la que inaugura sólo dos años antes de la conmemoración centenaria de Mayo el Teatro Colón (1908), único en el mundo. Es la Buenos Aires de los parques de Thays, del Zoológico más importante de la región, del gran Palermo, del flamante Puerto Madero, de los Ferrocarriles, de los escritores, de la iluminación, de las visitas diplomáticas, de los sombreros y las plumas, las galas, el optimismo, de las proyecciones, incluso del futurismo. Pero es también la Argentina de las huelgas y las protestas sociales, de violentos conflictos, del estado de sitio, de la Balvanera bravía, en palabras de Galasso, con “indómitos cuchilleros y lujuriosas milongas, con riñas de gallos, con atrios ensangrentados...” La crisis está nucleada en torno de una dirigencia que declina, a partir de nuevos actores sociales que presionan el sistema político, reclamando espacios en los enclaves del poder.

Es la Argentina de los contrastes. La Argentina que acumula protagonismo en el escenario internacional, y sedimentos sociales que también se acumulan. Y toda esa Argentina se visibiliza en Buenos Aires, en las dos Buenos Aires: la de Palermo, y la de Balvanera. En la visión de Europa, la Argentina emerge ante el mundo como un “transplante” de la civilización occidental en el sur del continente americano, como continuadora de la vocación educadora y universal de Europa. Esto se cristaliza en gran parte del abanico artístico, donde según las palabras de un pintor catalán de la época, se puede ver que los pintores y poetas de nuestro país se alejaban del espíritu de “la tierra natal”, por eso era más común ver en las obras de aquel tiempo representaciones del Rio Sena, antes que del Paraná. Sobre este punto Archibaldo nos ofrece un completo panorama de cómo reflejaba la prensa europea ese ideario, y así mismo, la autovaloración política y cultural que los propios argentinos continuarán expandiendo, y donde los encargados de la política internacional de nuestro país encontrarán un punto de apoyo para su vocación de grandeza.

Es claro que esas visiones no son monolíticas y compactas, y poseen las contradicciones propias de toda sociedad en cambio y transformación. Esto puede verse también representado en la riqueza y polarización de nuestra literatura desde el Centenario hasta la Segunda Guerra Mundial, donde se conjuga por un lado el ensayo y la novela gauchesca (temática en la que el autor es un verdadero experto), la protesta y la apoteosis, la celebración y la inautenticidad, el europeísmo y la “argentinidad”, el modernismo y los desterrados, la denuncia y la gloria, la universalidad y la crítica al “cosmopolitismo”, el éxito económico del gobierno, pero también la implacable crítica al Estado por parte de Exequiel Martinez Estrada o Roberto Arlt, por citar sólo un par de ejemplos.

No se olvida Archibaldo de darnos un panorama de ese espacio de la cultura donde se visibilizan los “efectos colaterales” del cambio y la transición a un estado moderno que encuentra un espacio en la división mundial del trabajo, y una función en el sistema internacional de la época. Sobreviene un “desengaño” social ante el estado por parte de muchos escritores, en momentos donde también se materializan los beneficios económicos del modelo agro-exportador. También en sentido inverso, sobre la crítica y la denuncia social ante el poder político, aparece luego la epopeya del hombre desde la política, para lo cual puede tomarse como muestra la trayectoria de Leopoldo Lugones, quien como bien nos apunta Archibaldo, era “anarquista de origen”, y culmina representando la búsqueda de la fuerza ante el desorden en la famosa “hora de la espada”.

Es una constante ambivalencia entre la euforia dirigencial y política, y la desautorización de esa utopía de progreso por parte de escritores y ensayistas. Es la avanzada de un mito político de grandeza -si se quiere, una suerte de destino manifiesto criollo- enfrentado a la licuación de esa gloria desde los denunciantes por la falta de conciencia espiritual e injusticia social.

El Centenario es, como todo cuestionamiento e interpelación, un momento de indagación identitaria, donde se ponen a prueba los rasgos que nos representan, las expresiones que nos son propias, las ideas que nos encarnan. Por ello, en esa gloriosa etapa de la diplomacia argentina, nos encontramos también con una búsqueda de reafirmación cultural, de construcción histórica, y hasta de vanguardismo. La memoria cultural es la que se pone a prueba, desde el folklore, desde las expresiones populares, desde la preocupación y angustiosa poética del tango, y por supuesto también, desde la política.

Ahora bien, esa misma diplomacia logra que en los nuevos contextos internacionales de la primera pos-guerra, e incluso de la crisis de entre-guerras, nuestro país pueda sortear los escabrosos años de desorden, confusión y proteccionismo de todo el ciclo, consiguiendo triunfos sorprendentes que redundan en un notable prestigio y reposicionamiento nacional, en un status reconocido en los asuntos mundiales, preservando la economía, manteniendo la autonomía política, y emergiendo como interlocutores del escenario global. Esa diplomacia poseía una continuidad manifiesta a pesar de los cambios presidenciales, donde las legaciones en el exterior no cambiaban ante la sucesión ejecutiva, y donde se constataba una clara diferencia entre gobierno y administración, con un concepto de Estado cuya continuidad “no estaba influenciada por los vaivenes de la política”, como nos dice Archibaldo.

El autor nos dice que podría pensarse incluso que a lo largo de las décadas trabajadas en el libro, nos queda la impresión que la “gran política” del Estado en aquellos años fue su política exterior, siendo todo lo demás “aleatorio y cambiante”, más allá del juicio que se tenga sobre los líderes que condujeron esa política, y también más allá de la crítica “que puedan merecer los valores que la inspiraron o los objetivos que se persiguieron”. Archibaldo se adentra con destreza en uno de los grandes escenarios que introducen a la Argentina ante el concierto internacional del siglo XX, como lo es la “Gran Guerra” entre 1914-1918. En esa tremenda coyuntura -al igual que cuando detalla la posición argentina ante la “sociedad de naciones”- vemos el análisis profundo de nuestro autor, dando cuenta de las actitudes éticas, las perspectivas filosóficas detrás de las posiciones diplomáticas, los ejes de la diplomacia marcados por el imaginario político y moral, los entretelones, las negociaciones, los debates, desde Victorino de la Plaza hasta Hipólito Yrigoyen.

Esos cuestionamientos incluso filosóficos, son propios de una Guerra que trastoca los paradigmas internacionales de la política. Para nuestro país, por sobre todo para su clase dirigente, que tomaba a Europa como luminaria y horizonte de inspiración para su bosquejo del destino, es un golpe duro al modelo de influencia cultural dominante por décadas. El mismo positivismo encuentra en la primera guerra una fisura insuperable, desgarradora de muchos de sus supuestos. Y la diplomacia argentina, que no puede quedar al margen de esos golpes, sufre un impacto que clarifica con agudeza Archibaldo, dándonos un completo panorama de las ideas y los principios puestos a prueba, como así también de las mezquindades y grandezas, los intereses y las percepciones.

Son interesantes dentro del complejo análisis de aquellos debates, los antagonismos de criterios entre la Cancillería y el Congreso, o como más adelante esboza en el caso de la “sociedad de naciones”, entre el realismo de Marcelo T. de Alvear, quien no creía posible imponer una visión argentina del mundo, y la ilusión, la fantasía y el principismo de Hipólito Yrigoyen, quien creía que en el marco de la Liga de las Naciones, estaba contenida “una de las grandes conquistas morales de que se podrá beneficiar la humanidad”, y quien observaba que las actitudes diplomáticas, más que por el pragmatismo, debían regirse por el pacifismo, la cooperación mundial, y la fraternidad americana.

Las diversas posturas y visiones son analizadas con una lucidez propia de alguien con la frondosa cultura de Archibaldo, quien va matizando el relato con detalles estéticos, citas literarias, apreciaciones visuales, comentarios sociológicos, pero siempre con la claridad y elegancia que ya hemos comentado.

Un capítulo aparte lo constituye el estudio que hace nuestro autor de las relaciones de nuestro país con Inglaterra y con los Estados Unidos, lo cual constituiría un libro excepcional aparte, dentro del mismo libro. Obviamente en el contexto de la diplomacia “del apogeo”, pero con una profundidad y una base documental riquísima y variada, Archibaldo nos introduce en el Panamericanismo, la asociación con Inglaterra, y la “discordia” con el gigante norteamericano, a lo largo de tres capítulos continuos y complementarios, donde puede atestiguarse a destajo el conocimiento del autor, su destreza de investigador y la claridad expositiva de la que hiciera gala por años en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN).

Esos tres capítulos pueden ser tomados como modelo de exposición magistral, comprensible para un neófito, pero también enriquecedora para el iniciado en la disciplina, aportando datos, opiniones y contextualizaciones que sabrá apreciar tanto el politólogo, como el historiador, el analista internacional, como el estudioso del derecho internacional. Podríamos sumar a esta tríada de artículos el referido a las “tierras irredentas”, donde desarrolla el tema Malvinas, con la misma vastedad documental de siempre, recurriendo a los archivos históricos del Public Record Office, poniendo en evidencia las debilidades de la convicción británica sobre sus derechos para con las Islas. De estos notables y ricos capítulos, el estimado Hipólito Paz consideraba como el más apasionante el referido a las relaciones con Inglaterra, y no vamos a contradecir al Maestro, ya que vemos en ese segmento del trabajo la intrincada relación entre las transformaciones del sistema internacional (la inauguración del proteccionismo), la incertidumbre económica, las posturas históricas y su repercusión en las negociaciones diplomáticas, analizadas en detalle, con oficio, pero por sobre todo, somos reiterativos, con una documentación rara veces vista en trabajos de esta índole. En complemento con este análisis, el capítulo acerca del Panamericanismo nos ilustra todo el proceso de formulación de las reglas de juego para regir las relaciones entre los estados americanos. Proceso difícil y complejo, donde la cultura política, la vocación de protagonismo, y el auto-reconocimiento regional, y hemisférico, fueron piezas fundamentales, y donde también vemos una experiencia inédita y pionera en el mundo, donde nuestro país (junto a Brasil, Chile, México, etc) ha tenido una especial significación en la creación del conjunto de prácticas cooperativas, de los principios y las reglas de juego que terminan dándole forma definitiva.

Hilvana Archibaldo toda la secuencia que evidencia un americanismo progresivo de nuestro país, asumiendo un “liderazgo gradual”, con una visión propia sobre su vinculación con el mundo en general, y el hemisferio en particular, ensamblando toda una interpretación sobre el Americanismo y el Universalismo.

Del mismo modo, el autor desarrolla los choques que esas representaciones argentinas tendrán de manera muy temprana con diversos gobiernos de los Estados Unidos de Norteamérica, observándose en algunas reuniones panamericanas cierto “síntoma” de la rivalidad por el liderazgo en el continente. Esto último lo desarrolla con mayor profundidad en el sexto capítulo, abocado a “la discordancia” entre los dos países, los cuales, paradójicamente nacen, a diferencia de Europa, encarando unas relaciones internacionales animadas por valores pacifistas “más que por ambiciones de dominación colonial fuera de sus fronteras”, inclinados al universalismo, alejados de la diplomacia de alianzas. En pocas palabras, para el autor estas naciones emergen bajo un “nuevo universo político”, con vocaciones y paradigmas que animaban la voluntad de sus dirigentes. Dos países de “frontera”, abiertos al mundo, con total consciencia de poseer valores políticos distintos al resto de los continentes.

Como corolario de estos estudios, Archibaldo analiza también la “Guerra del Chacho”, donde emerge la figura del notable Canciller Carlos Saavedra Lamas, dando cuenta de los desafíos por él asumidos, las peripecias sufridas, y el contexto político de los principales actores, así como de las negociaciones. Por último se adentra en la diplomacia pontificia, detallando con la misma claridad y contundencia que los temas anteriores, la relación de nuestro país con la Santa Sede.

Quienes redactamos estas líneas preliminares, como personas vinculadas a la Educación Superior de la Argentina en una institución tan prestigiosa y tradicional como la Universidad del Salvador, nos sentimos orgullosos de poder contar con la presencia de Archibaldo Lanús en actividades académicas de nuestra casa, donde podemos constatar las cualidades intelectuales y humanas que hemos apuntado en estas humildes páginas de presentación sobre el autor en general, y de esta obra en particular.

En la Escuela de Relaciones Internacionales de nuestra casa de estudios dirigida por el Dr. Lavallén Ranea, recurrimos permanentemente a los trabajos de Archibaldo Lanús en diversos espacios académicos, como es el caso del notable estudio “De Chapultepec al Beagle” para las cátedras de Política Exterior Argentina, o “El Orden Internacional y la Doctrina del Poder”, y el clarificador “Un Mundo sin orillas”, para las cátedras de Política Internacional Contemporánea presididas por el Dr. Miguel Barrios.

Asimismo ocurre con el trabajo “La Argentina Inconclusa” en las cátedras de Historia Argentina del Lic. Amorosino. En suma, los trabajos del autor que nos ocupa, constituyen elementos de discusión permanente, de debate y reflexión en cátedras y seminarios de la Carrera de Relaciones Internacionales y la Carrera de Ciencia Política de nuestra Facultad. Especialmente “Aquel Apogeo”, tiene la particularidad de ser “compartido”, por su temática y su metodología de abordaje, por varias cátedras, y por lo tanto, se constituye como un título sensible de la vasta bibliografía académica de la formación de nuestros egresados.

Todo amante de los libros sabe muy bien que hay obras que se atesoran más que otras, que hay trabajos y títulos que por el momento en que los hemos leído, por el aporte que nos dieron, o por la temática que desarrollaron, los atesoramos en un lugar más privilegiado que otros. Con “Aquel Apogeo” nos ocurre que encontramos la feliz coincidencia de evocarlo tanto desde lo profesional como desde lo personal como una obra especial, lo que sumado al cariño y respeto que profesamos por el autor, se nos hace de incalculable valor en nuestra formación académica, y humana.

Por todo esto, celebramos la merecida y adeudada re-edición de este verdadero clásico de las letras políticas, y nos endeudamos de gratitud con el autor por honrarnos en prologar tan sentidas y admiradas páginas, como así también, a la prestigiosa Editorial Biblos, recipiendaria de obras de enorme trascendencia para la cultura y al academia argentina y latinoamericana, la cual, por intermedio de otro atípico intelectual como lo es el Sr. Javier Riera, tuvo la generosidad y la audacia de emprender este proyecto de re-editar una obra demandada y agotada, fundamental y única, sabiendo que en la apuesta ganamos todos aquellos que nos abocamos a la educación superior. Nos desborda la felicidad de oficiar de prolegómenos a esta obra, de tamaño autor, y no menos respetada editorial.

Invitamos al estudiante, al investigador, al académico, o a todo aquel interesado en el devenir de nuestra política, nuestra diplomacia y nuestra cultura a recorrer estas trabajadas páginas, realizadas con un respaldo notable, y escritas por un experto en el tema, que hizo de su profesión una causa, y de su trayectoria un modelo.

 

Dra. Mariana Colotta.

Decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador.

Dr. Fabián Lavallén Ranea.

Director de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad del Salvador.

Dr. Miguel Ángel Barrios.

Titular de Política Internacional Contemporánea de la Universidad del Salvador.

 

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